octubre 10, 2022

Hacia una pragmalingüística de las emociones


Aina Torrent-Lenzen
«Polifonía de las emociones. Estudio pragmático sobre la función emotiva de las partículas modales en castellano, catalán y rumano»

Estudis romànics, n.º 31 (2009)

Estudis Romànics | Institut d’Estudis Catalans (@iec) | Barcelona | ESPAÑA

Se incluye a continuación un extracto de las páginas 12-15 de la publicación en PDF. Las referencias pueden consultarse en la publicación original.




«HACIA UNA PRAGMALINGÜÍSTICA DE LAS EMOCIONES

»Nuestro enfoque teórico queda emplazado en el campo de la lingüística pragmática, definida como la disciplina que se ocupa del lenguaje en el contexto de la realidad comunicativa (cf. Payrató 2003: 24) e incluye, entre otras cosas, aspectos emotivos (cf. Caffi / Janney 1994: 330).

»Los contenidos afectivos son manifestados en gran medida de manera implícita. Por ello es necesario recurrir a la lingüística pragmática o pragmalingüística. En gran parte, si bien no exclusivamente, vamos a basar nuestro análisis en el modelo teórico que ofrecen Claudia Caffi y Richard W. Janney en su artículo “Toward a pragmatics of emotive communication” (1994), por tener una gran capacidad explicativa y predictiva y también por mostrar un alto grado de coherencia y de sencillez, aspectos que determinan la validez de una teoría (cf. Payrató 2003: 41). Se trata de una investigación que recoge y asimila estudios sobre el tema realizados en el pasado, y en la que los autores sientan las bases de lo que podría ser un consenso en el plano teórico de cara a la investigación pragmalingüística de las emociones.

»Los mismos autores se percatan, no obstante, de los problemas que conlleva querer unificar los puntos de vista en este campo: en su opinión, la misma naturaleza vaga y difusa de las emociones dificulta el establecimiento de claras categorías de análisis (cf. Caffi / Janney 1994: 346). Sirva el reconocimiento de este escollo para justificar que, en algunos momentos, sigamos aquí nuestros propios derroteros terminológicos y analíticos.


»Calidad, intensidad y actividad

»De acuerdo con Caffi / Janney (1994: 339-344), son necesarias tres categorías a la hora de analizar el mundo afectivo en general: ‘calidad’, ‘actividad’ e ‘intensidad’. Por ‘calidad’ se entiende el tipo de emoción o de estado emotivo que entra en escena (alegría, tristeza, amor, odio, desengaño, despecho, etc.), mientras que el concepto de ‘actividad’ abarca diversos fenómenos mentales: procesos evaluativos (cf. Caffi / Janney 1994: 354-356; Drescher 2003: 96), procesos evidenciales (cf. Caffi / Janney 1994: 357), procesos volitivos (cf. Caffi / Janney 1994: 357-358), existencia de expectativas, así como otros muchos aspectos, por ejemplo, la creación de proximidad y empatía (cf. Caffi / Janney 1994: 356), relacionados todos ellos con lo que los lingüistas norteamericanos han dado en llamar ‘involvement’. La ‘intensidad’, por último, se refiere al grado con que es vivido un estado emotivo determinado o también, en nuestro marco teórico, al grado con que son llevadas a cabo las actividades evaluativas, volitivas, etc.

»Aplicando ahora los cuatro objetos potenciales básicos que intervienen en la comunicación, que son emisor, receptor, tema y contexto (cf. Payrató 2003: 55), se dan múltiples interrelaciones con las categorías establecidas anteriormente.

»Pensamos que es en el marco de estas interrelaciones donde podemos colocar la diferenciación establecida por el filósofo suizo Anton Marty (1976 [1908]) entre comunicación emocional (catártica, no intencional y espontánea) y comunicación emotiva (intencional y apelativa).

»En nuestra opinión, ambos términos están integrados en el ámbito de las interrelaciones de proximidad o distanciamiento activadas por el emisor para con el receptor, el tema y/o el contexto. Bühler (1999 [1934]: 24-33) adaptaría más tarde esta distinción de Marty con los términos ‘Ausdruck’ y ‘Appell’.

»En lo que se refiere a las actividades evaluadoras mencionadas más arriba, cabe señalar que para algunos autores, como por ejemplo Schwarz-Friesel (2007: 48), la evaluación es un distintivo de los estados emotivos. Sin embargo, son imaginables estados emotivos en los que no tiene por qué intervenir un componente valorativo (por ejemplo, en una reacción de sorpresa como la que reproduce el siguiente diálogo inventado:
A: Ayer me encontré a Pepe por la calle.
B: ¡Ah! ¡¿Te encontraste a Pepe!? Pues qué casualidad, ¿no?).

»La ausencia de componente valorativo en este pequeño diálogo se hace patente si se compara con la valoración de signo negativo que interviene en la unidad fraseológica interjectiva “¡toma castaña!” en el siguiente ejemplo, procedente del diccionario de Varela / Kubarth (1994: 51), en el que también se manifiesta sorpresa: “¡Toma castaña! ¡El niño se ha bebido él solo la botella de cerveza!”; o en este otro, procedente de Internet: “Vivimos en un país en el que la identidad nacional se asienta en símbolos como los toros, la paella y la monarquía, toma castaña”.

»Esto es, la reacción ante lo no esperado puede, pero no tiene por qué, incluir un componente valorativo. Por esta razón, pensamos que si bien la evaluación acompaña casi todas las manifestaciones de afecto, no es condición sine qua non para que se pueda hablar de transmisión de emociones. Esta idea la defiende también Kerbrat-Orecchioni (2000: 41).

»Finalmente, vamos a tratar de forma somera un aspecto, ya mencionado más arriba, y es que, en general, tanto filósofos como psicólogos y lingüistas, desde Aristóteles hasta los estudios más cercanos a nuestra época o incluso más recientes (cf. García de Diego 1951: 9; Caffi / Janney 1994: 344; Fries 1995: 154-158; Harkins / Wierzbicka 2001: 35; Schwarz-Friesel 2007: 69), coinciden en reducir la calidad emotiva a dos polos opuestos, uno positivo (en el que se sitúan afectos agradables) y otro negativo (en el que se sitúan afectos desagradables), sin que ello implique valores de tipo social o moral en absoluto.

»De todos modos, es evidente que no solo la calidad, sino también la intensidad (cf. Labov 1984: 44) y la actividad pueden ser reducidas a una escala entre lo positivo y lo negativo; en este caso, los dos polos simbolizarían la existencia o la no existencia de una categoría emotiva determinada: podríamos hablar, por ejemplo, de baja intensidad, de ausencia de intensidad, de ausencia de volición, etc.


»La cohesión emotiva

»La tercera dimensión, la actividad, abarca, como decíamos, el conjunto de actividades mentales y psíquico-lingüísticas con relevancia emotiva que intervienen en el proceso de enunciación, esto es, de actividades que contribuyen a lo que llamaremos ‘cohesión emotiva’, término que sugiere una dimensión interpersonal —al igual que el de ‘involvement’ (cf. Caffi / Janney 1994: 344), del que podría considerarse la traducción, al menos para los objetivos de este artículo—, desde el momento en el que las actividades mentales y psíquico-lingüísticas mencionadas más arriba son fruto de un estado anímico que condiciona la interacción y que es condicionado por ella, con lo cual aumentan las posibilidades de éxito de la misma a partir de afectos actualizados, comunicados y acaso compartidos. Los afectos, propios y ajenos, provocan cambios en nuestro estado anímico, esto es, nos afectan —¡valga la redundancia!— y condicionan nuestro quehacer interactivo.

»La cohesión emotiva podría ser definida como el objetivo y el resultado de la lucha que, según Stempel (1994: 325), todo interviniente en la interacción lleva a cabo intuitivamente para que sus interlocutores mantengan la atención con relación al enunciado comunicado —y, en nuestro caso, con los valores emotivos transmitidos—. En este sentido, está claro que términos como ‘involvement’ y ‘cohesión emotiva’ tienen que ver con la autenticidad de lo vivido (cf. Hübler 1987: 371)».




No hay comentarios:

Publicar un comentario